Fumarte un Lucky Strike bajo el sol e imaginar que estás en
la playa y es un Malboromentolado. Mirarla a ella de reojo y soñar que es
Dianna Agron, que después iréis a vuestra maravillosa casa en LA. Imaginar ese
universo paralelo en que experimentas el instante perfecto está muy bien. Siempre
y cuando no olvides vivir el momento en el que estás, disfrutar del aire fresco
de la plaza en la que te encuentras, de cada calada del pitillo que te estás
fumando y mirarla a ELLA, porque quizás no vuelvas a tener el privilegio de
poder contemplarla… quizás la vida termine mañana y habrás malgastado ese
último momento imaginando que vives otro que nunca ocurrió.
Y que conste que esto lo firma the wildest dreamer.
Cuando conoces a alguien que
te comprende sin quererlo, que está pasando por lo mismo que tú en el mismo
preciso momento, puedes considerarte afortunado; cuando le conoces en el
instituto y, por tanto, en una etapa temprana de tu vida, puedes considerarte
extremadamente afortunado.
Tan solo un par de días nos
distancian en el calendario, uno más si el año es bisiesto, y tan solo unos
metros de una pequeña ciudad. De hecho jugábamos en los mismos sitios cuando
éramos pequeños. Sin embargo no conocí a Alan hasta que ambos teníamos 16 años.
Pero, como he dicho, puedo considerarme tremendamente afortunada porque aún
teníamos por delante muchos años, etapas, procesos, alegrías y tristezas por
compartir.
Costaba pensar entonces que
cinco años después seguiríamos tan presentes el uno en la vida del otro y sin
embargo aquí estamos.
Sin Alan, Sophie no habría
tenido con quien compartir una etapa en la que todo parecía distinto a como
ella lo veía y probablemente lo era, pero en la que se necesitaba el calor de
alguien para abrazar esa diferencia, esa diversidad. Si en la universidad ser
diferente podía abrirte muchas puertas, en el instituto te las cerraba (cuando
no te encerrabas tú mismo) y Alan supo darle la fuerza para saltar cualquier
posible barrera que surgiera, y no cerrarse nunca a cualquier posibilidad que
el mundo pudiera ofrecerle. Por todo ello, mil gracias.
Probablemente hay muchas
cosas que ambos cambiaríamos, que haríamos de forma distinta si tuviéramos la
ocasión. Pero es el hecho de querer cambiarlas lo que hace que sean
importantes, el estar dispuestos a hacer un esfuerzo porque las cosas vayan siempre
a mejor.
Todos tenemos fantasmas, “dragones”
contra los que luchar, capaces de cegarnos y llevarse lo mejor de nosotros.
Pero de haber sabido todo lo que hoy sé, habría intentado estar siempre contigo,
de una u otra forma. Me habría olvidado de las diferencias que han podido
alejarnos con el paso de los años y habría estado siempre ahí. Lo siento, de
verdad, si no lo he estado.Como le escribí una vez a
alguien muy muy importante:
“Te pido perdón si alguna
vez no supe escuchar lo que decías en silencios. Te pido perdón si también yo
usé demasiado esos silencios. Haremos borrón y cuenta nueva, sin emborronar lo
bueno”
Y espero que sepas que si es
necesario yo mataré monstruos por ti.Sin
importar los recuerdos que esos monstruos puedan evocar de mi pasado o el miedo
que pueda tenerles. Porque en el fondo no he dejado de luchar contigo desde que
cantamos esa canción de madrugada en frente del Valle en nuestro 19º cumpleaños…
o puede que desde mucho antes, desde que entré tarde en esa primera clase que
compartimos y el móvil me sonó en plena explicación.
Y sé que por muchos años que
pasen, cuando piense en la lista de los “grandes éxitos” de mi vida y pequeños
flashes vengan a mi mente, uno de ellos será seguro el momento en mi portal en
que te acercas a abrazarme y me susurras al oído: “I had the time of my life
fighting dragons with you” Espero que
este año de los 21 esté plagado de momentos tan mágicos y nuestros como ese y
que cuando pase el tiempo y tú también pienses en tu vida, yo aparezca en
alguno de esos recuerdos provocándote una sonrisa.
Gracias por ser de esas
pocas personas con las que comparto momentos y conversaciones que me inspiran a
escribir. Gracias por ser durante mucho tiempo el primero en ver lo que
escribía. Gracias por mantenerte ahí, de una forma u otra, pese a encontrarte
en el medio de una situación que no habías buscado. Gracias por perderte
conmigo en Santiago, literalmente, y por ayudarme a encontrar nuestro sitio. Y
que sepas que como me dijiste en su día:
“Yo te seguiré queriendo aunque cambien las
farolas”
Recorro con
la mirada las calles de una ciudad de piedra, abarrotada de estudiantes que
empiezan o terminan su vida universitaria. Y me siento mayor… hace años que la
mía terminó y que comencé a trabajar o a engrosar las listas del paro, depende del
momento y de a quién le preguntes. Pero hace tiempo, en definitiva, que me fui
de allí.
Me enamoré poco a poco de Santiago
como me enamoré poco a poco de ella. Entre mañanas rutinarias y noches de
fiesta, entre confesiones a medias en las que decidir qué decir y qué callar.
En un momento en el que asentaba mi forma de ser cuantas más personas conocía.
Con el paso del tiempo fui
descubriendo más rincones, más historias de Santiago y de ella de las que se
aprecian y conocen a simple vista. Hasta el punto de que llegaron a gustarme,
especialmente ella, más por sus sombras que por sus luces. Y cuanto más conocía
y más compatibles me parecían, más difícil era ignorarlo. Hubo días en que los
odié, con la misma falsedad con que odia el tabaco un fumador, sabiendo que el
fondo le ha dado grandes momentos aunque pueda llegar a destruirlo, sabiendo
que si quisiera podría intentar dejarlo y que si no lo hace es porque lo
necesita más de lo que es capaz de reconocer. Otros días compraba el primer
billete de vuelta, le confesaba mi amor entre mensajes cifrados que en el fondo
no sé si alguna vez quise que descifrara.
Como ya había vivido antes esta
historia, distinta trama y protagonista pero el mismo final insatisfactorio,
decidí cambiar un factor clave: no decírselo nunca, por mucho daño que eso me
hiciera a veces. Parece una tontería pero no es nada fácil
hablar sin hablar, sobre todo cuando condiciona hasta lo que puedes escribir. No
es nada fácil obviar algo que te hace tan feliz. Y aunque la historia sí era parecida a otras anteriores, ninguna había sido tan confusa e intensa como ésta.
Me di de máximo límite esos cuatro
años, ya que por problemas espacio temporales y por obligaciones era difícil
decirle adiós teniéndola tan cerca. Pero no me engañaba, sabía que también me
había dado tanto margen porque necesitaba acumular recuerdos, vivir al máximo
todo el tiempo posible. Mi corazón necesitaba ser egoísta hasta que se
impusiera mi cabeza definitivamente.
Cuando me fui a hacer el máster y
ella iniciaba sus prácticas fue cuando dejé que la distancia física se
extendiera en mi interior. De alguna forma la dejé atrás cuando hice las
maletas. Dejé de llamarla de madrugada, de escribirle cuando estaba triste, de
sentirme culpable cuando me acostaba con otras mujeres. Dejé, incluso, de
insistir en verla cuando iba a su ciudad. Nunca dejó de estar ahí del todo,
pero empecé a centrarme en chicas que pudieran quererme más allá de esa forma
maravillosa que tenía ella de quererme pero que nunca sería lo que yo
necesitaba. Empecé a vivir a pesar de esa extraña sensación que supone el haber
encontrado una parte de ti en otra persona, otra persona que nunca te verá de
igual forma. Si alguna vez notó algo, de mis sentimientos o mi posterior
distanciamiento, nunca lo dijo a pesar de las muchas veces en que yo lo dejé
entrever.
Parece que han pasado mil años… que
aquellas eran otras chicas y no nosotras. Pero ahora que he vuelto a aquí la
siento más que nunca, no como entonces sino como un recuerdo que me hace
sonreír y me hace sentir especial. No tiene el mismo papel en mi vida del que
tenía en la universidad, cuando creía haber encontrado a esa alma gemela con la
que nunca compartiría mis días, pero no ha dejado de estar presente:La vi en
algunas fiestas tras la universidad y hablamos con cierta frecuencia por
teléfono. Las primeras veces ejerció esa
sensación de vértigo que me provocaba siempre, de inestabilidad agradable y de
que cualquier cosa era posible. Subidas y bajadas, tan propias de ella como de
mi estómago al pensarla. Pero supe encauzar esa intensidad hacia proyectos más
allá de nuestra relación, supe utilizarlo para escribir y luchar por lo que
siempre había querido hacer. Y solo puedo estarle agradecida. Por el tiempo que
pasé queriéndola y por el que pasé intentando no hacerlo… por todo. Con el paso
de los meses, de los años, el sentimiento fue disminuyendo y conseguí llegar a
verla casi como una amiga más. Le presenté a las novias que se sucedieron en mi
vida a lo largo de los años, vino a verme cuando nació mi primer hijo. Y asistí
a su boda con su novio de toda la vida sin sentir celos, sin querer ser el que
esperaba en el altar, porque entonces yo ya había encontrado a mi persona y
había comprendido que ella era ese nuncaque me ayudó a conseguir mi sí y
que los buenos momentos, aunque entonces no siempre lo parecía, compensaron con
creces a los malos, aunque solo fuera por esa sensación tan escasa y tan necesaria
de sentirse comprendida, de sentir que mi sonrisa no desentonaba tantocon el mundo, al menos no con nuestro mundo.
“Oniria
encuentra a Insomnia, los dos conectan bien. Quizás en otra vida fueron un
mismo ser”
Conocí a Lady Drama en una calle de Madrid. Vaqueros
rotos y cazadora de cuero siempre desabrochada. Con pinta de haberse pegado la
noche de su vida sin que eso pareciera suficiente.
Nunca me prometió más que
momentos intensos: peleas a la puerta de un bar, un orgasmo en un baño,
cigarrillos a medias y llamadas de madrugada para decirme que me quiere sin
quererme.
Lady Drama te absorbe el
alma, te confunde, capaz de lo mejor y de lo peor. Con un físico que volvería
loca a la más hetero y un corazón en cuidados intensivos, es capaz de ver
fantasmas donde no los hay y de montarse películas dignas de Hollywood.
A Lady Drama le daría mi
ropa antes que mi alma, la llamaría por su cumple pero no en Navidad, le
pondría a Guns and Roses antes que a Adele y le pagaría una copa una noche
cualquiera pero nunca le regalaría flores. O eso pensaba.
Es esa persona que encenderá una parte de ti
que ni conocías hasta el momento, que te invitará a llevar esa filosofía de
vivir el día a día. Me dará noches dignas de recordar, seguro, y sonrisas por
la mañana cargadas de un feliz agotamiento, pero nunca me plantee que ella
fuera el amor de mi vida… Hasta ese momento.
Si
hay una estación en la que no creía que fuese a pasar era verano. Tan falta de
ropa como de preocupaciones o complicaciones. Llegaba a las vacaciones con el propósito de
dedicarme a mí misma ese tiempo que tanto me negaba o faltaba el resto del año;
cogía el verano con la idea de disfrutar de una perfecta e indolora soltería
tras haber superado a esa primera chica. Y, sin embargo, protagonizaste uno de
esos momentos que brillan más que el sol en pleno julio. Fuiste el calor más
grande y más humano que he conocido, no de esos agobiantes de los que pretendes
escapar sumergiéndote en el agua, sino de esos que abrazas con una sonrisa y
una cerveza en una terraza a medianoche. Vi tu pelo rubio en un callejón sin
salida, me abrazaste en una piscina vacía y aún así supe que eras tú; eras
Summer y nadie más volvería a serlo. Y cuando sientes algo así no existe la
menor duda posible.
Pero si fuéramos una
estación, contra todo pronóstico, seríamos otoño. Se supone que es la estación
más melancólica, pero cuando las hojas se despegaban de los árboles dejándolos
vacíos, tú y yo construíamos recuerdos nuevos. Me llenaba de ti cada martes por
la mañana mientras Michael Buble nos servía de despertador. Nunca he vuelto a
querer como lo hacía en esos días. “You
are always on my mind” Y quizás por eso fue la estación que más rápido se
me pasó, aunque también la que más tiempo duró en mi.
Y cuando el invierno llegó
resbalamos mil veces, te escapabas de mis brazos tan rápido como habías llegado
a ellos. O quizás te echaba yo. El frío me caló en los huesos durante unos días
pero créeme, nunca dejé de sentirlo, siempre creí que eras tú. Pero es posible
que tú nunca lo tuvieras tan claro. Te agarré con más fuerza que nunca bajo la
fría lluvia de diciembre y despedimos el año con el beso más cargado de
incertidumbre que he dado nunca. Podías ser el amor de mi vida o podías dejarme
al día siguiente sin mirar atrás. Pero al menos aún había esa duda, aún
compartías conmigo un momento tan especial. Y parecías feliz. Mi deseo de año nuevo
fue vivir esa "noche del 99 que llegó hasta abril”.
Pero nunca la vivimos. El
nuevo milenio se presentó en nuestras vidas y nada volvió a ser igual. La
primavera chocó con nosotras con tal intensidad que nos destrozó de todas las
formas posibles. Seguía adorando tus imperfecciones, ¿pero me harían feliz un
año después? ¿Y cuando tuviera treinta? Verás cariño, nunca dudé de que me
quisieras sino de tu forma de querer. Quizás no lo entiendas, pero sigo
creyendo que cuando das tu corazón los das al cien por cien. No soporto a quien
ama sin ganas, a medias, con el freno de mano siempre puesto. “Nunca lo sabes,
nunca estás seguro; la seguridad es para los que no aman”. Y nunca te vi en ese
instante de desesperación cuando crees que vas a perder algo que quieres con
locura. Por eso cuando te fuiste no me sorprendí tanto, por eso nunca completamos
las cuatro estaciones, no llegamos ni a los 500 días juntas.