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martes, 12 de febrero de 2013

El mejor "nunca" posible


Recorro con la mirada las calles de una ciudad de piedra, abarrotada de estudiantes que empiezan o terminan su vida universitaria. Y me siento mayor… hace años que la mía terminó y que comencé a trabajar o a engrosar las listas del paro, depende del momento y de a quién le preguntes. Pero hace tiempo, en definitiva, que me fui de allí.

Me enamoré poco a poco de Santiago como me enamoré poco a poco de ella. Entre mañanas rutinarias y noches de fiesta, entre confesiones a medias en las que decidir qué decir y qué callar. En un momento en el que asentaba mi forma de ser cuantas más personas conocía.

Con el paso del tiempo fui descubriendo más rincones, más historias de Santiago y de ella de las que se aprecian y conocen a simple vista. Hasta el punto de que llegaron a gustarme, especialmente ella, más por sus sombras que por sus luces. Y cuanto más conocía y más compatibles me parecían, más difícil era ignorarlo. Hubo días en que los odié, con la misma falsedad con que odia el tabaco un fumador, sabiendo que el fondo le ha dado grandes momentos aunque pueda llegar a destruirlo, sabiendo que si quisiera podría intentar dejarlo y que si no lo hace es porque lo necesita más de lo que es capaz de reconocer. Otros días compraba el primer billete de vuelta, le confesaba mi amor entre mensajes cifrados que en el fondo no sé si alguna vez quise que descifrara.

Como ya había vivido antes esta historia, distinta trama y protagonista pero el mismo final insatisfactorio, decidí cambiar un factor clave: no decírselo nunca, por mucho daño que eso me hiciera  a veces.  Parece una tontería pero no es nada fácil hablar sin hablar, sobre todo cuando condiciona hasta lo que puedes escribir. No es nada fácil obviar algo que te hace tan feliz.  Y aunque la historia sí era parecida a otras anteriores, ninguna había sido tan confusa e intensa como ésta.

Me di de máximo límite esos cuatro años, ya que por problemas espacio temporales y por obligaciones era difícil decirle adiós teniéndola tan cerca. Pero no me engañaba, sabía que también me había dado tanto margen porque necesitaba acumular recuerdos, vivir al máximo todo el tiempo posible. Mi corazón necesitaba ser egoísta hasta que se impusiera mi cabeza definitivamente.

Cuando me fui a hacer el máster y ella iniciaba sus prácticas fue cuando dejé que la distancia física se extendiera en mi interior. De alguna forma la dejé atrás cuando hice las maletas. Dejé de llamarla de madrugada, de escribirle cuando estaba triste, de sentirme culpable cuando me acostaba con otras mujeres. Dejé, incluso, de insistir en verla cuando iba a su ciudad. Nunca dejó de estar ahí del todo, pero empecé a centrarme en chicas que pudieran quererme más allá de esa forma maravillosa que tenía ella de quererme pero que nunca sería lo que yo necesitaba. Empecé a vivir a pesar de esa extraña sensación que supone el haber encontrado una parte de ti en otra persona, otra persona que nunca te verá de igual forma. Si alguna vez notó algo, de mis sentimientos o mi posterior distanciamiento, nunca lo dijo a pesar de las muchas veces en que yo lo dejé entrever.

Parece que han pasado mil años… que aquellas eran otras chicas y no nosotras. Pero ahora que he vuelto a aquí la siento más que nunca, no como entonces sino como un recuerdo que me hace sonreír y me hace sentir especial. No tiene el mismo papel en mi vida del que tenía en la universidad, cuando creía haber encontrado a esa alma gemela con la que nunca compartiría mis días, pero no ha dejado de estar presente:La vi en algunas fiestas tras la universidad y hablamos con cierta frecuencia por teléfono.  Las primeras veces ejerció esa sensación de vértigo que me provocaba siempre, de inestabilidad agradable y de que cualquier cosa era posible. Subidas y bajadas, tan propias de ella como de mi estómago al pensarla. Pero supe encauzar esa intensidad hacia proyectos más allá de nuestra relación, supe utilizarlo para escribir y luchar por lo que siempre había querido hacer. Y solo puedo estarle agradecida. Por el tiempo que pasé queriéndola y por el que pasé intentando no hacerlo… por todo.

Con el paso de los meses, de los años, el sentimiento fue disminuyendo y conseguí llegar a verla casi como una amiga más. Le presenté a las novias que se sucedieron en mi vida a lo largo de los años, vino a verme cuando nació mi primer hijo. Y asistí a su boda con su novio de toda la vida sin sentir celos, sin querer ser el que esperaba en el altar, porque entonces yo ya había encontrado a mi persona y había comprendido que ella era ese nunca que me ayudó a conseguir mi y que los buenos momentos, aunque entonces no siempre lo parecía, compensaron con creces a los malos, aunque solo fuera por esa sensación tan escasa y tan necesaria de sentirse comprendida, de sentir que mi sonrisa no desentonaba tanto con el mundo, al menos no con nuestro mundo.
“Oniria encuentra a Insomnia, los dos conectan bien. Quizás en otra vida fueron un mismo ser”

martes, 14 de agosto de 2012

Montaña rusa


Si la vida fuera una montaña rusa te pagaría la entrada para que fueras mi compañera de travesía. Tu función principal sería la de compartir en las alturas esos instantes mágicamente felices, esos momentos tiernos que dibujan sonrisas sinceras. Serías la luz que me ayude a distinguir lo que realmente quiero. Porque creo que el fondo buscamos lo mismo, de distinto modo o en distintos lugares y personas pero sigue siendo lo mismo, esa esencia extraña que tanto parece desentonar con el mundo.
Una buena compañera de viaje entiende que en cualquier momento la montaña rusa puede descender bruscamente hacia lo más bajo, pero que la intensidad y la adrenalina del momento justo previo a la caída hacen que valga la pena. Aunque solo sea por el privilegio que tenemos de alcanzar a vislumbrar vistas con las que otros sólo sueñan. Precisamente por eso elegimos esta atracción y no cualquier otra. Y por lo imprevisible que puede llegar a ser el rumbo que toman nuestras conversaciones.
En lo más bajo, una buena compañera de viaje sabrá frenar la caída con palabras sinceras y estará ahí hasta que los raíles nos lleven de nuevo a las alturas. Una verdadera yonki de la adrenalina es en ese momento cuando permanece más fiel a sus ideales, cuando no sabe si habrá más caídas.
La magia sorprendente que es tenerte alrededor tiñe el café con leche clara, endulza el momento sin que pierda su esencia; tal vez no lo entiendas pero haces que el aire que me golpea en la cara mientras el vagón avanza tenga un extraño sabor a viejo (“old” pero en el mejor sentido de la palabra); como algo que no se desgasta, que permanece guardado para quien sepa encontrarlo, como algo cuyo valor solo puede crecer con el tiempo hasta convertirse en ese tesoro en el que estuviste a punto de dejar de creer.
Ahora que sé que no estoy sola y que la aventura solo ha comenzado… Are you ready for another ride? Yo invito.

viernes, 15 de junio de 2012

Maleta de ida y vuelta


Deshace la maleta en esa casa grande en la que resuena el eco de las ruedas desgastadas por los distintos caminos y viajes. Deshace la maleta sin saber que, al hacerlo, se enfrentará al dilema de su vida.
Agarra la cremallera entre sus dedos imaginando que es un cigarrillo, ansiando que lo sea. Contempla el repleto contenido de la maleta y todo le parece distinto a cuando lo metió en ella; casi como si la hubiera hecho otra persona.
Y solo entonces repara en ese carrusel de emociones que estalla para ella cuando vuelve a ver aquellos recuerdos ahora guardados. Ve las risas de labios torcidos, las lluvias en verano, ve sus lunares invadiendo la piel y la certeza de que nade será cierto. Lo único cierto para ella se encuentra en esa maleta, en los recuerdos de ese chico al que nadie verá como ella ha visto (o ese al menos es su mayor temor).
Y los objetos que llenan esa bolsa de viaje se distinguen perfectamente los unos de los otros. Están los recuerdos nítidos, los que parecen respetados por el tiempo y que permanecen igual que el día que los creasteis; luego están los desgastados, los recuerdos ambiguos que solo tú y él podríais entender, descifrar, asociar a un momento o lugar. Esos recuerdos son los que os unen, los que nadie entenderá jamás por mucho que les cuentes tu historia. Cuando la maleta desaparezca y con ella su contenido, cuando él se vaya y tú dejes de viajar hasta su puerta (si es que alguna vez sucede cualquiera de las dos opciones), son esos los recuerdos que llevarás contigo (los que son solo vuestros), pase lo que pase y por mucho que los demás pretendan borrarlos.
Si eres parte invariable de uno de esos amores que viene y va pero que nunca desaparece del todo, como la maleta que siempre acompaña al viajero, sabes muy bien lo que ese conjunto de recuerdos enlatados significa: esa mezcla de sueños que espera(ba)s ver cumplidos, recuerdos que no olvidarás y otros que preferirías no recordar. Si lees esto y entiendes lo que es esa maleta, es que has querido alguna vez, es que has querido con TODO lo que llevas dentro… para bien o para mal.
Y sea cual sea su futuro, tanto si conserva esa maleta para siempre como si inicia otra con recuerdos de una nueva historia, de un nuevo protagonista, espero que encuentre entre esos recuerdos la felicidad que ha buscado en cada viaje, en cada lugar y en cada beso, espero que el peso de esa maleta sea equiparable al que la otra persona ponga de su parte y que ella, desde entonces, nunca vuelva a viajar sola.