Aprecia lo que tienes aunque lo que tengas no te aprecie a ti.
Quiéreles como si no hubiera mañana.
Oblígate a sonreirles, incluso en el peor de tus momentos.
Se siempre tú.
Entrégate al doscientos por cien, sin reservas ni añadidos.
Espera tanto de la vida como de ti misma.
Piensa tan bien de ellos que no pueda abarcarlo un solo pensamiento.
Recorre la vida de norte a sur, recogiendo a un viajero en cada parada.
Se fiel a tus principios... y a tus finales, perfectamente melancólicos.
Habla de ellos como si acabaran de irse por la puerta, recuérdales como si siguieran aquí.
Borra todos sus mensajes y memoriza sus gestos, sus marcas.
Invítales. Se generosa. Se constante.
Pierde la última mano solo ante un poker de ases.
No les retengas, vendrán solos.
Sáltate los peajes para verles antes.
Estudia los puntos fijos de vuestro mapa incompleto. Cómpletalo.
Aunque tengas que poner más de tu parte.
Porque es probable que si cumples todo lo anterior siempre seas tú quién pone más de su parte.
Ponte en la lista de espera.
Porque si te das cuenta, en todos los verbos anteriores la única persona eres tú. Y la soledad no compartida ya no es tan divertida. Sobre todo cuando has llegado a compartirla con la gente equivocada.
Conocí a Verónica en un bar del que
yo era habitual y en el que ella nunca había estado antes (y a veces aún dudo
de que realmente estuviera allí esa noche). Llevaba puesto un jersey gris sobre
unos vaqueros, el pelo recogido en una trenza de lado y la sonrisa más brutal
que he visto en mi vida. Coincidimos en la barra para pedir una cerveza (una
excepción, yo desde luego no bebo) y empezamos a hablar. A veces lo pienso: si
hubiera ido cinco minutos más tarde no la habría conocido… si hubiera seguido
el consejo rácano y sobrio de mis amigas no habría ido a por una cerveza… Pero fui.
La encontré. Llegué a conocerla. Y puede, incluso, que la quisiera con la
intensidad con la que deseas lo más bonito que puedes tener.
Tardamos unos escasos diez minutos en
besarnos y treinta en coger un taxi para ir a su hotel. No sé si quiera si
llegué a probar la cerveza, ella fue la más perjudicada y abandonada de la
historia pero también el dinero mejor gastado.
No sé si fui para ella un rebote tras
una ruptura, si solo pretendía pasárselo bien o si salió esa noche con la
esperanza de encontrar al amor de su vida. Nunca se lo pregunté, ni ella a mí.
Probablemente por miedo a que contestase eso último. Hay un pequeño dato que no
os he contado: Vero volvía a Barcelona al día siguiente. Y quizás, de haberme
contestado eso, yo me habría ido detrás, sin importarme el trabajo o no tener
donde quedarme. Y ese era un impulso que aún no estaba dispuesta a seguir.
Verónica y su sonrisa eran maravillosas, pero no como para cruzarse un país
tras una sola noche juntas.
Después de pasar la mañana del día
siguiente tumbadas en la cama y hablando de todo y de nada, me pidió que la
acompañara al aeropuerto. Y me despidió con un beso en la cola de embarque
digno de cualquier historia de playa que se precie. Y tras verla marcharse
pensé: Ya está. Eso fue todo, su presencia en mi vida fue fugaz, brutal,
estelar como el de una estrella invitada a aparecer en una serie. Pero para
bien (y para mal) me equivoqué. Volvió a llamarme cuando vino a Santiago tres
meses después, al año siguiente y en varias ocasiones en el futuro. Nuestra
dinámica seguía siendo la misma en cada ocasión.
Verónica tiene altibajos pero es
adictiva. Es intermitente pero incandescente. Y nunca, nunca, nunca tiene frío;
eso me encanta. No hemos ido juntas al cine ni conoce a mis padres, pero es mi
compañera de aeropuerto, de cama, de una historia cercana pese a la distancia.
Porque eso es lo peor, da igual que la vea en Santiago o en Barcelona, despampanantemente
desnuda o cansada tras un viaje, Verónica es llegar a casa. Y eso es lo que más
miedo me da.
Parece extraño que unas cuantas
noches en una vida puedan pesar tanto, que no cambiemos esa relación. Ahora hace tiempo que no la veo y de vez en
cuando se pasa por mi mente y es como una punzada de dolor. Como ese concierto
de tu grupo favorito al que no conseguiste que tus padres te dejaran ir o del
que no pudiste comprar las entradas a tiempo; y algunas veces cuando escuchas
sus canciones viene a tu mente ese recuerdo que no existió y sientes una
punzada de añoranza. Pero no por ello vas a dejar de escuchar tus canciones
preferidas porque lo que te aportan bueno es mucho más grande que la parte
mala. Eso es ella para mí.
¿Rubias o
morenas? La eterna pregunta. ¿Ojos claros u ojos castaños? ¿Arregladas o
informales? ¿Jennifer Aniston o Angelina Jolie? ¿Blair Waldorf o Serena Van Der
Woodsen? ¿Audrey o Marilyn? A todas respondo con una frase que me dijo mi padre
una vez: ¿por qué elegir?
La clase de glamour y extravagancia
de Audrey/Holly desayunando frente a Tiffanys. La sensualidad de Marilyn
cantando el “Happy birthday” o con su mítico vestido blanco. Naya Rivera
bailando y quitándote el aliento. Carmen Electra corriendo para
salvar al ahogado nº800 incitándote a ir a esa playa TODOS los veranos de tu
vida. Lara Croft y su ajustado traje gris. Julia Roberts en una bañera de la
que no saldrías nunca. El exotismo de Shay Mitchell y la dulzura embargadora de
Dianna Agron. La voz de Adele y la pasión de Lea Michele. La sexualidad
desbordante de Kate Upton. El lunar de Cindy Crawford. Cualquier ángel de
Charlie y las fotografías de Natasha Nicole que me alegran el día. Lena Heady y Piper Perabo besándose en pleno
atasco, Thelma y Louise cogidas de la mano hasta el final, Spashley y la
diversidad del reparto de The L Word.
Me perdería con Scarlett en Tokio en cualquier momento, compraría Dior por una
cita con Natalie Portman y sin duda sería cliente fija del bar coyote. Sin
duda, envidiaré eternamente a Mr. Darcy por haber encontrado a alguien como
Elisabeth Bennet.
Doy gracias a Dios por cada una de
ellas. Lo siento, no puedo evitarlo, mi mente está llena con recuerdos e
imágenes de mujeres. LA chica sonriéndome en una estación de tren, París
compartido con una mujer, las guiris tomando el sol en Tenerife, la cantidad de
clases que pasé robando miradas rápidas a esa chica perfecta, ese perfume que
reconocería en cualquier parte y que me lleva siempre a ti.
Y creo sinceramente que el mundo
sin la sensibilidad y empatía de una mujer no tendría ningún tipo de sentido, o
al menos el mío carecería de la pasión y emoción que me producen, volviéndose
completamente insulso. Por supuesto que a veces somos incomprensibles, que he
tenido más de un quebradero de cabeza por más de una chica… y los que me
quedan. Y al igual que a veces desearía no fumar por esos momentos de despiste en que me acabo quemando, también desearía no
implicarme tanto en las personas que me rodean y especialmente en las figuras
femeninas de mi vida, por todos esos momentos de malentendidos, discusiones,
decepciones y lágrimas. Pero los momentos buenos compensan con creces a los
malos y si hay algo que vale la pena en la vida son ellas. Y más en nuestro
día.
“Elegance is the only beauty that
never fades” Audrey Hepburn
"Las princesas se hicieron para consentirlas; las damas para
respetarlas; y todas las mujeres para amarlas." Marilyn
Monroe.
“Well- behaved women rarely make
history” Laurel Thatcher
“Over the years I have learned that
what it’s important in a dress it’s the woman who is wearing it” Yves Saint Laurent
“So undoubtably addicted to the way
she swayed when she walked, entranced by the quiet tone of her voice
counteracted by the underlying hint of passion burning within her eyes. This
girl was trouble, I was no idiot, but she made me feel like one. I couldn’t get
enough. There would never be enough.” Natasha Nicole
“Cut the ending. Revise the script. The man of her dreams is a girl.” Julie Anne Peters
Y a MI futura mujer le diría: Wherever you
are, whoever you are, I would be blessed if I met you, if I had you in my life.
So I’m here, darling, and I’ll be waiting for you.
Pd. Y si hubiera que elegir, he decir que las rubias me aceleran el corazón pero son las morenas las que se quedan con él. Al menos hasta ahora.
Fumarte un Lucky Strike bajo el sol e imaginar que estás en
la playa y es un Malboromentolado. Mirarla a ella de reojo y soñar que es
Dianna Agron, que después iréis a vuestra maravillosa casa en LA. Imaginar ese
universo paralelo en que experimentas el instante perfecto está muy bien. Siempre
y cuando no olvides vivir el momento en el que estás, disfrutar del aire fresco
de la plaza en la que te encuentras, de cada calada del pitillo que te estás
fumando y mirarla a ELLA, porque quizás no vuelvas a tener el privilegio de
poder contemplarla… quizás la vida termine mañana y habrás malgastado ese
último momento imaginando que vives otro que nunca ocurrió.
Y que conste que esto lo firma the wildest dreamer.