lunes, 6 de febrero de 2012
El impacto que fuiste
lunes, 9 de enero de 2012
Tú.
Era fin de año y fuimos a tu casa a cenar. Me senté a tu lado, como en casi todas las cenas o comidas importantes que celebrábamos allí.
No recuerdo mucho más, salvo ese sentimiento de absoluta paz y protección que lo inundaba todo por tenerte a mi lado.
Te echo de menos. Te echaré siempre de menos.
martes, 3 de enero de 2012
Heroína
miércoles, 26 de octubre de 2011
S
En mi camino he perdido a muchas de esas personas. Y a una de ellas hoy la echo especialmente de menos, sin saber muy bien por qué. Hoy echo de menos París con tu risa, Strasburgo con tu ropa mojada y tu perfume entremezclado con el olor del frío de Madrid.
martes, 20 de septiembre de 2011
Una sala de cine (Parte 1)
lunes, 29 de agosto de 2011
Nunca me abandones
Llevo media hora tirada en la cama, pensando. Hace un rato acabé el libro de igual título que esta entrada. Y ese es el causante de mi media hora reflexionando. Y vale, si, con alguna que otra lagrimilla. Lo curioso es que más que el libro en sí (sobra decir que me encantó) y sobre todo el final, lo que me tiene aquí mirando el techo y pensando es otra parte de la historia. Pienso en ese pasaje en que Kathy H. le explica a Madame lo que realmente pasaba por su cabeza cuando la vio aquel día, años atrás y en plena infancia, abrazada fuertemente a un cojín con los ojos cerrados y bailando, mientras de fondo sonaba “Oh baby baby, nunca me abandones…” Pienso en la contestación de Madame al saber qué significaba aquella escena para la niña, dado que para ella evocaba unos sentimientos totalmente diferentes. Pienso, por tanto, en la posibilidad de que en el fondo cada uno de nosotros tengamos nuestro propio cojín; ese al que nos aferramos con fuerza con una expresión anhelante mientras bailamos “oh baby baby, nunca me abandones”. Tal vez eso que abrazamos pertenece a nuestro pasado, o a un futuro soñado por nosotros… tal vez sea algo real, factible o algo imposible… tal vez sea alguien, sea un sentimiento, un recuerdo, un lugar, una situación… Pero creo sin duda después de acabar el libro que todos tenemos nuestro cojín. Yo desde luego sé que tengo el mío y sé cuál es. ¿Y tú?
sábado, 27 de agosto de 2011
La Noria
La segunda vez la vi desde lejos entre edificios de mi ciudad y enseguida quise ir, sobre todo, para recuperar la sensación que el recuerdo de aquella primera vez me había dejado marcada. Tenía once años. Pero esta vez, por raro que pueda parecer dado lo bien que lo pasé en ese primer viaje, tuve miedo. Pero no por lo que se pueda pensar. Una vez subida, mientras miraba lo pequeña que parecía mi ciudad desde arriba, mientras tenía esa sensación de que en cualquier momento me echaría a volar; me dio miedo que el viaje acabara y tuviera que volver a mi realidad, a la superficie. Me di cuenta de que allá arriba, girando, alejada de los problemas que había abajo, me sentía feliz. Me dio miedo ser más feliz en el aire, rodeada de sueños y sensaciones creadas por mi mente, que en mi propia vida.
Tal vez por eso tardé tanto en volver a subirme a esa atracción. Y de hecho, cada verano en las fiestas me quedaba debajo mirándola y haciendo una lista mental de pros y contras por la que debería o no montar. Parecerá una tontería, pero cada año se convertía en una decisión importante… y cada año ganaban los contras…
Hasta que llegó ella, habían pasado siete años desde la última vez que veía Pontevedra desde arriba, desde que subir o no a la noria era una decisión que me llevaba varios minutos de reflexión. Pero ese año no lo dudé, me preguntó si quería subir y contra todo pronóstico ni me lo pensé. Subimos a la pequeña cabina, se sentó delante de mí, y durante unos segundos noté como se balanceaba el aparato. Ya no era tan pequeña y esa vez me fijé en lo poco segura que parecía aquella noria en realidad. Pero eso solo duró unos segundos. En cuanto cerraron la puertecita la miré a ella, y ya fue lo único que vi en todo el viaje, no miré hacia la pequeña ciudad iluminada, ni hacia nuestros amigos que esperaban abajo, solo estaba ella. En esa noria me di cuenta de que estaba enamorada de ella. Y nunca he vuelto a tener tanta ilusión como aquella noche, nunca. No le dije nada aquella noche, ni creo que se diera cuenta de que solo la miraba a ella. Nunca le conté esta historia, ni a nadie, pero en el fondo sé que lo sabía, porque su forma de agarrarme la mano para ayudarme a salir cuando el viaje terminó, ya no era igual. Y mis miedos se habían quedado esparcidos por el aire en esa noche de verano.
Con el paso del tiempo, cada año, subía con ella a la noria, solo una vez, para recordar aquella primera. Se convirtió para nosotras en una especie de tradición durante siete años, el tiempo que estuvimos juntas. Ella se sentaba delante de mí y nunca nos tocábamos ni decíamos nada, permanecíamos como aquella noche. Y luego, al salir volvía a cogerme suavemente la mano.
Han pasado cinco años desde la última vez que estuvimos juntas en una noria. Hace cinco años que no la veo. Pero cada verano vuelvo a sentarme en la Noria. Y puedo decir que, ahora que no está, es el sitio en el que la siento más cerca. Probablemente siempre la echaré de menos pero cada vez que giro en una de esas pequeñas cabinas rasgando el cielo de la ciudad, la veo allí, veo su sonrisa, en la noria la siento conmigo.