sábado, 19 de abril de 2014

Reencuentro: María

La primera vez que María vino a mi mente fue a las pocas semanas de llegar a San Francisco. Había conocido a un grupo de chicas en un bar gay unos cuantos días antes y después de quedar con ellas varias veces y ver que congeniábamos bien, me invitaron a ir con ellas al Orgullo que se celebraba en quince días. Era la primera vez en mi vida que iba al Orgullo gay en una ciudad grande y además de sentirme más cómoda e integrada que nunca en un grupo al que casi acababa de conocer, tuve uno de los fines de semana de fiesta más grandes de la historia.

Entre aquel grupo de chicas, que se convertiría en mi círculo más cercano de amigos en los meses y años siguientes, había personalidades y personajes de todo tipo: Lauren, una modelo afroamericana a la que era humanamente imposible no mirar; Jenny, que tenía una familia importante en California que había dejado de hablarle cuando salió del armario; Kristal, la persona más desequilibrada y divertida que he conocido; Marina, una mexicana recién llegada a San Francisco y con la que, quizás también por ser nueva allí, conecté en el minuto uno y que se convertiría en mi inseparable todos los años que pasé en California, mudándose también a Nueva York cuando me fui; Alison y Rachel, más cerca de los treinta que de los veinte y a punto de casarse, eran por supuesto las mamis del grupo; y, por último, Natalie. No he conocido a nadie en mi vida que me recuerde tanto a María como aquella chica. La primera vez que la vi fue concretamente después del desfile del Orgullo, llevaba un bikini y unos shorts vaqueros, estaba rodeada de gente y me pareció el alma de la fiesta. De pelo castaño casi rubio, ondulado y con una sonrisa espectacular a pesar de (o precisamente por) una pequeña cicatriz que tenía en el labio superior, me pareció la versión lesbiana de María. Me fijé en como la miraban el resto de chicas de la fiesta, como trataban de llamar su atención y me teletransporté en mi mente a aquellas noches en Santiago en que observábamos, con más o menos admiración en función del sujeto, las conquistas que María iba añadiendo a su lista.

Reecuentro: Ana

             
        Me levanté temprano esa mañana, como si mi propio cuerpo no pudiera descansar de forma normal ante la adrenalina y los nervios que lo consumían. El sol brillaba a través de las cortinas mientras desayunaba en la pequeña cocina de mi apartamento en San Francisco. En mi móvil sonaba la lista de reproducción que había creado unos días antes con canciones  que tanto me recordaban a ella, a aquellos años. Cogí el coche para dirigirme al aeropuerto y durante todo el trayecto apreté el volante con fuerza, llevaba dos años sin verla y me moría de ganas de abrazarla. 

Aunque al marcharme de Pontevedra y Santiago rompí con todo lo que dejaba atrás, en cierta forma con la única que aún tenía un lazo en el presente era Ana. Quizás porque no estuvo el año en el que todo empezó a quebrarse, quizás porque ella misma trató de forma insistente de que ese lazo no se rompiera. Las cosas nunca volvieron a ser iguales, pero mandaba cartas de vez en cuando, me llamaba por teléfono y tenía ciertos detalles que hacían que incluso dudase de la decisión que había tomado. ¿Era realmente necesario para iniciar una nueva vida arrasar con todo lo que configuraba la anterior? 

viernes, 18 de abril de 2014

Reecuentro: Brenda

     No hemos hablado en seis años. Ni siquiera el otro día en nuestro reencuentro en el bar intercambiamos más que unas cuantas palabras de saludo y despedida. Ni un abrazo, ni un beso, ni un gesto de cariño... nada que deje entrever el menor abismo de que un día fue no sé si mi mejor amiga pero si una de las personas a las que más cerca he sentido en mi vida, nada en nuestra actitud que haga sospechar hasta qué punto nos quisimos. Por eso es tan difícil de imaginar que hayamos escogido este momento para mantener nuestra primera conversación, que nuestras primeras palabras después de tanto tiempo sean delante de un Pazo justo antes de una boda.

lunes, 3 de marzo de 2014

Dana

Cuando conocí a Dana los ojos le brillaban como si hubiera fumado maría toda la noche. Fue hace tanto tiempo que no recuerdo el año o el mes exactos, pero sí el detalle de los ojos. Era dulce, cariñosa y sensible. Y guapa, tremendamente guapa. Pero lo que más me impactó fueron sus ganas de fiesta constantes. Aunque quizás la palabra exacta no sea fiesta sino aventuras. Dana estaba tan cargada de vitalidad que apenas podía contenerla y se apuntaba a todo plan, viaje o sugerencia que surgiera a lo largo de los días. Poco a poco, tras varios meses a su lado, comencé a comprender que esa era su forma de escapar de sí misma. El cuerpo presente de Dana estaba tan distanciado de su mente, a tantos años luz de distancia de ese espacio abstracto donde convergen las ilusiones, las decepciones, los recuerdos, los sueños cumplidos y los frustrados, los sentimientos nunca expresados, que temí no conocer nunca ese aspecto suyo, que ambos planos no coincidieran jamás en la misma dimensión.

domingo, 6 de octubre de 2013

Reencuentro (tercera parte)

- ¿Por qué no te despediste?
- Por la misma razón por la que me fui.
- ¿Que fue...?
- ¿Conoces la serie "Orange is the new black"? 
- No.
- Hummm... Pues en la serie llega un momento en que la protagonista tiene que elegir entre su exnovia Álex y su prometido Larry. Álex es adrenalina, un futuro absolutamente improvisado y la certeza del hoy en exclusiva. Puede hacerte sentir la mujer más especial del planeta o puede hacer que toques fondo y acabes en la cárcel, literalmente. Larry es un amor constante, con menos adrenalina y menos altibajos. Menos intenso quizás, pero más estable. Creo que en toda vida hay un momento en que tienes que elegir entre ambos. Y en cierta forma sentía que vosotras eráis mi Larry, una especie de tabla de salvación, un seguro; luego surgieron los problemas y empecé a dudarlo... 

viernes, 23 de agosto de 2013

Reencuentro (segunda parte)

Esperé hasta que se durmió, la acaricié con la mirada durante unos minutos y finalmente me levanté a las 7am con todo el cuidado del mundo para no despertarla. Mi avión no salía hasta las dos del mediodía pero si me quedaba una hora más en esa cama temí no marcharme nunca.

Como todas las mañanas de esa semana me desenredé de su cuerpo, desnudo en esta ocasión. Me vestí, cogí la maleta y me fui. Como única despedida dejé una carta dirigida a todo el grupo y una nota para ella en la mesilla: 

"Sabes que si me necesitas volveré. Avísame si alguna vez te cansas de jugar."

    No sé si se la enseñó a las demás, si les contó o no lo que había pasado esa última noche, si me odiaban por marcharme así después de acostarnos por primera vez… Si ella me perdonó por dejarla en la cama y no despertarla.

viernes, 9 de agosto de 2013

Reencuentro (primera parte)


          Entro en el bar al que tantas visitas hice hace años. Me freno en seco mientras ella me aprieta la mano para transmitirme el valor que me falta. Me encantaría decir que nada ha cambiado en el local, que todo sigue como en aquellas noches de fiesta, de conciertos, de partidos; pero no es cierto, por supuesto que ha cambiado, lo han remodelado y no parece el mismo. Ya nada parece lo mismo.

Las veo en la mesa del fondo y una sensación de calidez me envuelve el cuerpo. Han pasado más de seis años desde que acabamos la universidad (algunas antes que otras) y nos marchamos de Santiago. Entonces cada una comenzó una etapa individual que en mi caso no fue compartida.

Al igual que el local todo el grupo ha cambiado desde la universidad. Miro sus caras y me cuesta reconocerlas, más por la falta de contacto con la mayoría que por sus posibles cambios físicos. Me doy cuenta de que no sé bien quiénes son, qué han hecho con sus vidas, si se han casado, si son felices… Comprendo que la única persona que me conoce bien en esa habitación es la chica que me coge la mano y que presento como mi prometida. En seguida se da cuenta de que en parte me arrepiento de haber venido a esta reunión.